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Restablecer

Franklin Lobos, el minero futbolista

La familia Lobos muestra feliz el último regalo que han recibido de parte de Marcelo Bielsa, entrenador de la selección chilena; una camiseta de ‘La Roja’ firmada por numerosos jugadores y por su querido, otrora jugador de fútbol chileno, y hoy minero, Franklin Lobos.

Alejo, Cristian, Erick y Hugo son los sobrinos de Franklin. Carolina y Claudia, sus hijas. Como el resto de familiares del Campamento Esperanza se toman el rescate con tranquilidad. Son gente tranquila, agradable, cariñosa, habladora.

El Niño Lobos, de 58 años, es un hombre querido en toda la región de Atacama, y en todo Chile. Comenzó a jugar en equipos como Deportes Antofagasta, Deportes La Serena, Santiago Wanderers, Deportes Iquique, Unión La Calera, Regional Atacama y Cobresal, formación en la que coincidió con Iván Zamorano.

El ex jugador del Real Madrid, al que se le conoce coloquialmente como Bam-bam, siente un gran afecto por su amigo: “Me parece que abajo, ahí atrapado, adquirió eso que se le veía cuando jugaba. Es un hombre muy temperamental, que se echaba al equipo encima y que seguramente fue muy importante para mantenerse vivo allá abajo”.

Franklin Lobos, por su parte, ya ha dado las gracias por el apoyo que está recibiendo desde las entrañas de la montaña áurea: “Gracias a la gente, gracias a toda la hinchada. Espero, ojalá, salir pronto”, manifestó el deportista copiapino.

Trabajar por la familia
La historia de Franklin es bonita. Dejó el fútbol y trabaja para alimentar a su familia y para que sus hijas puedan ir a la universidad en un país en el que los estudios son de bastante pago. Ha conducido colectivos (taxis), ha arreglado vehículos en su taller mecánico y ahora manejaba vehículos de pasajeros con dirección a las entrañas de la tierra.

Todo iba bien hasta que el pasado cinco de agosto llevó a sus compañeros al interior del Yacimiento San José, después de que almorzaran. Ya no pudo salir más. Allí se quedó junto a otros 32 mineros, atrapados a casi 700 metros de profundidad, al otro lado de una roca de 700.000 toneladas que impide el paso.

Los primos de Franklin fueron los primeros de enterarse del accidente. Otro conductor que escapó del derrumbe les contó lo sucedido en cuanto llegó a Copiapó, ciudad en la que vive el futbolista con su familia. Automáticamente contactaron con la Minera San Esteban, propietaria del Yacimiento San José, desde donde les aseguraron que “todo estaba bien”.

Los Lobos se instalaron a las puertas de la mina, durmieron en el coche. Pasaban las horas, pero no había noticias de Franklin ni de los demás. A eso de las 22.00 horas la Minera San Esteban ya no pudo hacerse cargo de la tragedia y los equipos de emergencia comenzaron a acudir a la zona.

“Estábamos desesperados, lo hemos pasado realmente mal. Esto ha sido puro sufrimiento, pura incertidumbre”, reconoce Cristian Lobos, sobrino del futbolista. “Se encargaba de llevar a los ‘viejos’ a almorzar y de hacer las compras de la mina. Nunca nos esperamos nada así”, reconoce el sobrino.

Todos sabían que la Mina San José era peligrosa, pero pagaban bien, mejor que en otras. Franklin percibía cerca de 500.000 pesos chilenos (1.000 dólares), más de dos veces el sueldo mínimo del país.

Alegría dominical
El punto de inflexión se produjo este domingo, momento en el que un rescatista salió corriendo del yacimiento gritando la famosa frase de: “Todos están bien”. La familia Lobos, junto a las otras, saltaron, lloraron y gritaron de alegría.

“Estábamos almorzando cuando vimos un gran alboroto. En un principio creíamos que eran malas noticias. Nos quedamos en silencio. Cuando nos dimos cuenta de que eran buenas nos abrazamos todos y no pudimos seguir comiendo”, explica Ale Lobos, otro sobrino del ex futbolista. “Esto ha sido un milagro, la pura fe, no más. Dios es grande”, añade.

A la familia Lobos sólo les queda esperar, junto al resto de familiares. Tienen la esperanza de que Franklin salga pronto. Como las noticias ya sólo son buenas hacen turnos para quedarse en el Campamento Esperanza. Pasan el tiempo como pueden, charlan con sus vecinos, hablan con los periodistas, oran en el improvisado altar que han elaborado, bajan a Copiapó, preparan un asado, se ríen y cantan.elmundo.es

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  • Publicado en Sociedad el 28 agosto 2010
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